enrique demetrio
la imagen como conf idencia.

 


"Nuestra cabeza es redonda para permitir que el pensamiento cambie de dirección". 

(Francis Picabia)

               Enrique Demetrio (La Habana, Cuba). Graduado de la Academia de Bellas 

               Artes San Alejandro.

               Escultura / Pintura / Dibujo / Remasterzaciones fotográficas.



 

ENRIQUE DEMETRIO, LA TECNOLOGÍA Y LA PINTURA
Ángel Alonso
Prolifero e inquieto, muy intenso y poseedor de un sano equilibrio entre la seriedad y el humor, Enrique Demetrio (1955) es un artista que cultiva la pintura, el dibujo, la escultura, el performance y hasta cierto tipo de fotografía muy cocinada, me refiero a las imágenes remasterizadas que pueden verse en su sitio web (enriquedemetrio.com).
Es difícil definir en un solo texto las diferentes etapas de su obra, por eso prefiero analizar sus cuadros más recientes, pues veo en ellos la cristalización de una de sus etapas más fecundas.
Si en los tiempos de Fernand Léger los artistas estuvieron apasionados con los acontecimientos de la Revolución Industrial, si los objetos mecánicos y las ruedas dentadas aparecieron con frecuencia en las pinturas de Picabia y el dibujo técnico contaminó tanto las artes visuales, esa misma pasión la sienten hoy muchos artistas por los avances tecnológicos de nuestro tiempo. Las nuevas obras de Demetrio nos remiten a las tarjetas de circuitos de los ordenadores portátiles. Sin embargo, observemos que estas formas se complementan con otras para construir motivos de la naturaleza. El mundo natural y el tecnológico se funden aquí para erigir un discurso conceptual que nos habla de una búsqueda de equilibrio, de un balance necesario entre naturaleza y cultura.
Recordando a Koyaanisqatsi(1), a Demetrio también le preocupa lo disparados que vamos hacia una «vida fuera de balance», que es precisamente lo que significa esta palabra para el pueblo Hopi de América del Norte y lo que trata de reflejar esa película. El artista, al edificar estas imágenes, lejos de hacer una crítica lo que hace es proponer una solución; apuesta por la integración entre lo que nace y lo que se construye, entre lo que se idea y lo que se siente. Y sus composiciones son equilibradas porque precisamente propone esa armonía que tanto necesitamos entre la mano, la cabeza y el corazón. Porque no estamos ante una obra violenta sino constructiva. Su autor conoce la necesidad de conciliación que tenemos y por eso se aparta de los hipócritas radicalismos ecologistas, está harto de términos tan contradictorios y falsos como el de «luchar por la paz», no cree en los «pacifistas» que incendian neumáticos por la calle y sabe de la pata que cojean las revoluciones.
Estas pinturas, más allá de su solidez conceptual están colmadas de una extraña belleza; los reverdecidos corazones de su obra Retoños nos estimulan a buscar dentro de nosotros mismos, resaltan la importancia de atender a nuestros sentimientos, aunque estos se encuentren permeados de luz artificial y uniformidad matemática. La iluminación que como un halo emana de las hojas uniformes parece de neón, el rigor de la realización encarna su actitud de autoexigencia, su profesionalidad. Y ese virtuosismo en la realización no es gratuito, sino necesario para que podamos recibir su intención de armonizar.
Es notable el control que demuestra sobre las tonalidades de color, variadas pero en su justa medida para que no saturen nuestros ojos. La mirada recorre los seis cuadros que componen el conjunto con el placer de no aburrirse nunca, de encontrar elementos nuevos en cada cambio de aquello que parece a primera vista repetitivo. El juego entre lo estático y lo dinámico vuelve a sugerirnos la idea de balance, de equilibrio.
También se trasluce un discurso desde una enfoque antropológico, como si la madurez alcanzada en vida determinara una tercera visión, libre de juicios, de lo que inexorablemente acontecerá. Es ese equilibrio del que hablaba al principio, en una persona a la que no le han sido ajenos los textos de Byung-Chul Han o de Yuval Noah Harari.
En el díptico El otro sueño vemos los contrastes entre una representación volumétrica del corazón y otra plana de esa misma figura, es como si este se modernizara hasta el punto en que sus tubos de entrada y salida se convirtiesen en conectores de información. Por momentos parecen chimeneas de fábricas estas tuberías, pero casi toda la textura del cuadro está poblada de circuitos, representados con perfección geométrica.
El otro sueño y Retoños, son títulos que desempeñan un papel primordial en la interpretación de estas obras, tenía razón Duchamp cuando nos hablaba de la importancia de nombrar las obras. Demetrio parece concientizar en estas imágenes la relación que siempre ha existido entre la pintura y el desarrollo tecnológico. El artista siempre se ha servido de toda la tecnología posible para producir imágenes. Leonardo da Vinci usaba espejos para valorar la ejecución de sus cuadros, y desde el siglo XV diferentes artefactos ópticos fueron utilizados al servicio de la pintura. Por otro lado, desde la invención de la fotografía, esta ha sido usada con frecuencia como  base de obras pictóricas.  Lo curioso es que a pesar de todos los avances que tenemos hoy en día, el pintor sigue empeñado en producir manualmente la representación pictórica. Y es que algo sucede en el acto de pintar que no puede ser sustituido directamente por la máquina. Ese «algo» inexplicable, inconmensurable, está en la esencia de esta investigación.
Existe una vibración en el acto de pintar que no puede ser sustituida por dar una orden mediante una tecla, y esa vibración la afirma Enrique Demetrio a través de estas obras. Estamos ante un artista que armoniza los adelantos tecnológicos con la sabrosa artesanía de la representación pictórica. •